‘El paraíso políglota’ y otras (re)lecturas

Por Juan Carlos Andrés

El pasado mes de diciembre, la víspera de las vacaciones, en el transcurso de una charla entre compañeros en la sala de profesores alguien aludió a un lingüista desaparecido hace unos años en trágico accidente de tráfico, Juan Ramón Lodares. Este joven profesor de la Universidad Autónoma de Madrid había alcanzado cierta notoriedad en los años del cambio de siglo y no resultaba infrecuente encontrárselo en los medios de comunicación transmitiendo ciencia e imponiendo cordura en las variadas polémicas lingüísticas que, como ahora, de vez en cuando se suscitaban públicamente.

Lo cierto es que por aquellos días, los del fin de trimestre quiero decir, andaba yo dudando entre qué libros elegir para su lectura en los días de descanso que se me presentaban por delante cuando, de repente, la mención de Juan Ramón Lodares me decidió por un título de hace algo más de una década, del que guardaba una grata memoria y del que, estoy casi seguro, traté infructuosamente de establecer como libro de lectura obligada en el curso terminal del Bachillerato de por entonces: El paraíso políglota.

Juan Ramón Lodares en este interesantísimo ensayo de doce capítulos (editorial Taurus, Madrid, 2000) demuestra la tesis, hoy día interesadamente olvidada por los políticos periféricos y silenciada por la mayoría de los medios de masas de vasta (y basta) audiencia, de que el idioma español –el que nuestra Constitución denomina ‘castellano’- no fue impuesto por la fuerza de las armas o por pura represión policial sobre las otras lenguas y formas de hablar existentes en España, sino que, desde sus mismos orígenes en los albores de la Reconquista -y de ahí su progresiva fuerza de expansión geográfica- se fue conformando como un instrumento útil de comunicación y mutua comprensión entre las gentes que, en los distintos reinos medievales, empleaban unas veces lenguas muy diferentes (por ejemplo, los dialectos vascos respecto a todas las variedades románicas) y otras veces variedades lingüísticas más o menos marcadas y que en mayor o menor grado se mantuvieron o llegaron a constituirse en lo que hoy entendemos como lenguas de cultura.

El paraíso políglota constituye una concienzuda revisión de la historia de España, especialmente desde la Edad Moderna hasta nuestros azarosos días, y de las historias y hasta de las historietas que las últimamente llamadas “normalizaciones lingüísticas” han ido sugiriendo y propagando a través de distintas instancias políticas y mediáticas, ante las cuales con frecuencia el autor se ve obligado a recurrir a la ironía y así explicar el estado de cosas a que hemos llegado en España. O sea, como ejemplos, estas dos citas: (1) que se labran auténticas ruedas de molino con las que comulga, prácticamente, la parroquia entera (…) No encuentro otra explicación (…) que la que daba el vascólogo Luis Michelena en el sentido de que los prejuicios y opiniones erróneas de personas cultas son más numerosos y groseros en materia lingüística que en cualquier otra disciplina. Esto es inapelable (pág. 25); y (2) Aquella lejana recomendación de la UNESCO ha acabado sirviendo a España para el propósito contrario al que iba destinada. En vez de para instalar inequívocamente a hablantes de lenguas minoritarias en la lengua común, se ha ido utilizando para imbuir a hablantes de español cualquier lengua minoritaria de España, alegándose la horrible pérdida que supondría para el patrimonio universal que desapareciera alguna de ellas (¿tan importantes somos?) (págs. 261-262).

A reglón seguido de esta última, podemos encontrar la tesis sostenida en este “paraíso políglota” con total corrección, pero a la par con toda crudeza: A la postre, no se ha tratado sólo de mantener y garantizar la muy comprensible lealtad lingüística de la gente hacia las lenguas minoritarias de España. Se ha tratado de acrecentar lenguas menores con hablantes de español que no las habían tenido nunca en su familia, acrecentarlas con quienes, acaso, no las necesitaban para nada. Con ellas no han tenido acceso a ningún ámbito cultural de primera magnitud, para qué vamos a engañarnos, pero sí se han ido ligando a unas líneas de acción nacionalista, de indefinidas y nebulosas promesas, que parecen exigir lealtad a lenguas, usos y costumbres patrimoniales. Si no nos damos cuenta de que hemos generado unos instrumentos de control social, es que no queremos darnos cuenta de ello (pág. 262).

Y como los días de las vacaciones son bastantes y las tardes del invierno frías y propicias para quedarse en casa calentito, del reencuentro con el libro de Juan Ramón Lodares pasé decididamente, en una labor de rememoración entrañable y creo que también rigurosa, a leer de nuevo otros tres ensayos lingüísticos de temática similar. Cito por orden cronológico inverso, porque de este modo me he vuelto a acercar a ellos y porque me ha parecido la mejor manera de disfrutar de su contenido: el primero es Política lingüística y sentido común, Ediciones Istmo, Biblioteca Española de Lingüística y Filología, Madrid, 1992; el segundo, Lengua española y lenguas de España, Ariel Lingüística, Barcelona, 1987 –ambos de Gregorio Salvador-; y el tercero El rumor de los desarraigados (conflicto de lenguas en la península ibérica), Anagrama, Barcelona, 1985, de Ángel López García, ganador, por cierto, del XIII Premio Anagrama de Ensayo.

En Política lingüística y sentido común (1992), el académico y eminente dialectólogo Gregorio Salvador insiste en lo que él mismo ya había expuesto cinco años antes en Lengua española y lenguas de España (1987). En la publicación de 1992 combina capítulos o partes escritas ex profeso con conferencias o artículos previamente publicados en la prensa. En conjunto es una lúcida exposición de la absurda situación lingüística a que hemos llegado en España, que se expresa en los dos sintagmas que constituyen el título del libro, pero en relación de exclusión; algo así como ‘política lingüística’ contra ‘sentido común’.

Por recalar en uno de los capítulos de Política lingüística y sentido común, se me ocurre que podemos fijarnos en el titulado “La esencial desigualdad de las lenguas”. Como se explica en nota marginal (pág. 93), se trata del artículo completo que el autor envió para su publicación a El País y que apareció el 17 de marzo de 1988 con el título cambiado por el de “Contra el romanticismo lingüístico” y mutilado en más de un tercio del total; los textos censurados aparecen en cursiva y como ejemplo clarificador de ellos, veamos este, referido a la creencia políticamente correcta de que todas las lenguas son efectivamente iguales: Pero es que, además, la lengua es el hecho social en el que resulta más evidente el famoso salto cualitativo, desde la cantidad: a mayor número de hablantes, mayor perfeccionamiento de los usos, de los mecanismos del sistema, de los resortes expresivos, más riqueza léxica, más posibilidad de elección connotativa, de discurso imitable, por ejemplar, o sea, por mejor producto literario (pág. 94).

O este otro en el que queda meridianamente claro hasta qué punto el oxímoron “discriminación positiva”, ya de por sí incomprensible, se vuelve ridículo a la hora de aplicarlo a las lenguas que conviven en un determinado espacio: El igualitarismo es doctrina aplicable a los hombres, pero no en absoluto a los idiomas. Los idiomas son objetos esencialmente desiguales, son instrumentos de utilidad mensurable y a sus colisiones no se les deben aplicar jamás los mismos criterios que sirven para resolver los conflictos entre personas (pág. 97).

O, finalmente, este otro que abunda en lo mismo: (las lenguas no son iguales), ¡qué le vamos a hacer! Hay las mayores, las medianas, las pequeñas, las que son vehículo de culturas multiformes y las que apenas son reflejo de una cultura tribal (pág. 98).

De los dos libros mencionados de Gregorio Salvador, el segundo (primero en el tiempo), Lengua española y lenguas de España, tengo para mí que es la más categórica y contundente reflexión publicada en torno a la fiebre social desatada en España en los últimos 35 ó 40 años en torno a las lenguas y las hablas minoritarias.

Siete capítulos forman el libro: (1) “De la lengua española, los otros esperantos y los nuevos sayagueses” (conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía y Letras de La Laguna el 20 de febrero de 1978); (2) “Sobre la deslealtad lingüística” (comunicación leída por el autor en el 8º simposio de la Sociedad Española de Lingüística, el 19 de diciembre de 1980); (3) “Los alegres guarismos de la demolingüística” (conferencia pronunciada en la Universidad de la Laguna, el 16 de marzo de 1983); (4) “América y Andalucía ante el futuro de la lengua” (conferencia pronunciada en la Universidad de Cádiz, el 19 de julio de 1983); (5) “Lenguas de España, autonomías y fronteras lingüísticas” (conferencia pronunciada en Madrid, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, el 15 de marzo de 1984); (6) “La supuesta crisis de la lengua: el español desde la perspectiva española” (contestación a una invitación del Conseil de la langue française de Québec, sin fecha –probablemente entre 1984 y 1986); y (7) “El español en España” (dos conferencias pronunciadas en la Fundación Juan March, en Madrid, los días 22 y 24 de abril de 1986).

Para resumir brevemente el tono general de este libro de Salvador, reparemos en una anécdota que el autor menciona en el último de los capítulos: Hace tres años tuve que dar una charla sobre la variedad lingüística de España a los alumnos de COU de un instituto de mi tierra granadina. Pues bien, en el coloquio subsiguiente algunos de aquellos muchachos se mostraron pesarosos por no tener ellos una lengua propia en la que expresarse; alguien, evidentemente, les había metido en la cabeza tan peregrina idea y mis tres cuartos de hora de disertación no habían bastado para desarraigarla. Tuve que decirles que a saber quién les había comido el coco, con lo cual ya distendieron su ceño en sonrisa, y preguntarles que si no era su propia lengua el idioma en que estábamos conversando y en el que habían escrito, con fuerte aportación de genuino granadinismo expresivo, nuestros paisanos Ganivet o García Lorca, que me dijeran entonces qué clase de jerga era la que echaban de menos. Aquello acabó bien y al final quedaron convencidos y hasta entusiasmados. Pero ¿a cuántos otros adolescentes hispanohablantes de nuestro país, en el sur o en el norte, no se les están enseñando análogas falsedades sobre su lengua materna? (pág. 140). Nótese que la anécdota referida es de los tiempos del añorado COU: ¿qué nos podremos encontrar ahora en nuestras aulas con la LOGSE, la LODE y la LOE bien desarrolladitas?

Y  ya finalmente, para ir concluyendo con esta selecta lista de cuatro libros más que recomendables, vamos con el que fue publicado el primero, en 1985, y al que adorna la garantía de ser el ganador del XIII Premio Anagrama de Ensayo, que este año cumplirá su 39ª edición. El rumor de los desarraigados, con su subtítulo, Conflicto de lenguas en la península ibérica, de Ángel López García. Consta de 12 capítulos, que comienzan con “Excusas” y terminan con un epílogo.

De los cuatro libros reseñados, es quizá el más técnico, pero la claridad de su lenguaje es tanta que cualquier lector medianamente instruido podrá seguir la argumentación sin apenas dificultades.

Si de El paraíso políglota confesaba yo que había tratado de ponerlo como libro de lectura en Bachillerato, aunque sin éxito, de este, El rumor de los desarraigados, he de decir que un año conseguí, todavía en COU me parece, hacerlo lectura… voluntaria. Lo cual no me parece poco desde la perspectiva contemporánea, sinceramente.

Con las siguientes palabras comienzan las “Excusas” y, por tanto, este ensayo: No hay duda de que los hispanos estamos viviendo unos tiempos duros y difíciles de cuya magnitud no llegamos a ser plenamente conscientes, tal vez porque el vértigo de los acontecimientos nos arrastra en su torbellino avasallador (pág. 11). Este sugerente razonamiento aplicado al origen, desarrollo y situación actual de la lengua española y de su entorno lingüístico constituye el núcleo central de la obra.

Como breve guía para el curioso que decida emprender su lectura, a continuación referiré los conceptos lingüísticos más significativos que habrán de ser tenidos en cuenta:

Koiné: se trata de un concepto clave para argumentación y la comprensión de todo lo que se explica. Nos interesa concretamente la segunda acepción del diccionario de la Real Academia, pues la primera es básicamente una referencia histórica o etimológica: Lengua común que resulta de la unificación de ciertas variantes idiomáticas. Este concepto, por supuesto, no es nuevo, pero sí fundamental para entender el nacimiento del llamado castellano en tierras que precisamente hoy en su inmensa mayoría no identificamos con Castilla: se trataría de territorios incluidos en los actuales País Vasco, Navarra, Aragón, Rioja, Cantabria.

Lenguas puente: en el capítulo número 4, “Una mediación anómala”, se expone con detalle por primera vez este concepto que viene a ser el establecimiento de unos dominios lingüísticos contra natura. Quiere decir que los dominios lingüísticos tradicionales vienen determinados por factores geográficos que los conforman en sentido horizontal: piénsese en los grandes ríos y las cadenas montañosas de la Península Ibérica; sin embargo, a partir de la invasión musulmana el sentimiento de reconquista favorece la formación de koinés (o formas expresivas koinéticas) capaces de salvar esos accidentes geográficos. Brevemente diré que en la península fueron tomando cuerpo tres koinés: el castellano –la más extendida por adaptativa y extensible- en el centro, el portugués en el oeste, y el valenciano (modalidad catalana) en el este.

Etnologismo lingüístico: A mi juicio es el concepto más discutible de cuantos Ángel López García desarrolla en la obra. En concreto me refiero a sus valoraciones sobre el etnologismo semítico. De todas formas, recomiendo su lectura y reflexión. Ver especialmente págs. 94-99.

Mozárabes, primeros españoles: No como consecuencia directa del concepto anterior, pero sí con alguna relación indirecta, el avance inexorable de la reconquista y la asimilación de los hablantes románicos de distintas zonas de la península resultan un factor decisivo para el desarrollo de las koinés, especialmente la castellana.

Por supuesto, la tesis nuclear del libro coincide con las expuestas en los tres precedentes: el castellano no se ha impuesto por la fuerza ni ha acogotado a otras modalidades lingüísticas contra su voluntad, sino que, en distintos grados podemos admitir, fue siendo progresivamente adoptada por hablantes de distintas zonas peninsulares. Y esto es precisamente lo que ha hecho de ella una gran lengua de comunicación, no solo en España, sino también a partir del s. XV en  América.

Finalicemos definitivamente dejando la palabra a Ángel López García para comprobar de verdad qué trascendencia tiene el valor koinético de una lengua como la española: La koiné (…) lleva implícita antes una ideología que un sentimiento comunitario exclusivo, justamente la ideología antiparticularista y antihegemónica de lo común, de la lengua vulgar (…). Cuando una lengua rebasa el ámbito, emocional y territorial, de una nación, queda al servicio de algo mucho más difuso, de una forma de entender la vida y el mundo (…) (pág. 143).

Y como remate, leamos esto:

Mas superadas viejas veleidades carentes de fundamento, destaquemos que si bien es cierto que el primer documento conservado en koiné es religioso –“Cono ajutorio de nuestro dueno, dueno Christo, dueno Salbatore, qual dueno get ena honore…” rezan las Glosas Emilianenses-, el origen de la misma se halla en el intento de aproximar gentes de procedencia diferente para constituir una sociedad nueva superadora de razas, clases sociales y religiones. Gracias a la koiné los ultramontanos (gascones, francos, lombardos), que vinieron a poblar las villas de la tierra nueva, y los mozárabes, que la habitaban ya bajo dominio musulmán, pasan a ser unos y a constituir un conjunto indiferenciado en pocas generaciones. A través de la koiné llegan los judíos a sentir suyo a Sefarad y a convivir sin traumas con cristianos y musulmanes en los burgos toledanos, leoneses o zaragozanos durante casi toda la Edad Media. Sólo por intermedio de la koiné se entiende el soberbio mestizaje iberoamericano en cuya pátina espejean indiferenciadamente europeos, africanos e indios nativos (pág. 145).

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