De lingüística románica (I)

Por Juan Carlos Andrés

Las lenguas románicas, también llamadas lenguas romances, latinas o neolatinas, son todas aquellas que derivan del latín, lengua originaria del Lacio –región de la península itálica que tenía a Roma como su capital-, que fue extendiéndose con el imperio romano para llegar, en su máxima extensión allá por el s. II d. C., a ser la lengua de comunicación desde el Atlántico hasta Mesopotamia en todo el entorno del Mediterráneo, y por lo que hoy llamamos, más o menos, Centroeuropa.

La unidad política del imperio romano, hasta el siglo V de nuestra era, garantizó la pervivencia del latín como lengua de comunicación y de cultura (estatus compartido en la parte oriental del imperio con el griego). Pero durante tan dilatada trayectoria histórica (aproximadamente siete siglos) hay que dejar bien claro que lo que entendemos como latín puede presentar notables diferencias, dependiendo del momento, de la zona o del nivel social en que nos fijemos.

Sin entrar en sutiles disquisiciones y evitando en lo posible referencias gramaticales o terminología especializada, conviene que nos paremos en una serie de conceptos lingüísticos que ayudan a explicar la evolución de las lenguas en general y, cómo no, del latín en particular.

La imagen más sencilla y diáfana para ejemplificar el desarrollo de distintas lenguas a partir de una originaria es la de la representación en árbol –con tronco y ramas sucesivas-, como es típico en las manifestaciones genealógicas: de un tronco central y originario (pongamos el latín) surgen un par de ramas (llamémoslas ya rama oriental y rama occidental), de las que, a su vez, van saliendo otras nuevas (de la primera, italiano y rumano; de la segunda, español, francés, portugués…); en las cuales, por su parte, podrían aparecer nuevos brotes –pensemos en dialectos que se diferenciaran con el paso del tiempo- y que eventualmente darían lugar a nuevas y consistentes ramas que, con el paso de los siglos, continuarían el proceso.

Explicándolo de otra manera nos podremos hacer una idea quizá más adecuada, si imaginamos un mapa sobre el que aparecen distintos puntos que, a manera de manchas de aceite de diferente tamaño y densidad van extendiéndose, mezclándose y superponiéndose para dar lugar a formas irregulares que irán tiñendo la superficie con diferentes colores y contornos, de lo que resultaría a una especie de collage.

De la expansión y mezcla de esas distintas manchas irían formándose contornos más o menos identificables en color y extensión. Cada uno de esos contornos resultantes en colores y en matices diferenciados podríamos considerarlos lenguas: todas provenientes de una base original pero que, con el paso del tiempo, la aparición de innovaciones, la pérdida de determinados rasgos, las mezclas de elementos próximos y demás circunstancias, poco a poco han ido haciéndose y dando lugar a lenguas diferentes entre sí, aunque guarden también lógicamente similitudes pues por algo están emparentadas: cuanto más parecidos los tonos, más cercanía entre sí.

Una vez dicho esto, volvamos a  centrarnos en la geografía y pensemos en el mapa de la Romania(no confundir con Rumanía, país que forma parte de ella) o zona lingüística latina. A partir de ahora, hemos de recordar los dos esquemas formativos que se han descrito -el arbóreo y el de mezcla de manchas sucesivas- porque ambas visiones conjuntamente son las que de manera más eficaz nos harán entender el desarrollo de la situación que tratamos.

Desde el siglo XIX los estudiosos han venido dando explicaciones sobre cómo se fueron formando las varias lenguas románicas hoy reconocidas. Queda claro que en la misma lengua latina había diferencias internas notables que luego más tarde se han ido heredando, de forma más o menos acusada, como la herencia de rasgos y carácter que una madre deja a sus hijos: francés, portugués…

Ya a finales de la Edad Media los gramáticos eran conscientes de que en la Antigüedad habían existido formas de habla alejadas -a veces un poco, otras veces bastante- de la variedad de lengua conservada en los textos escritos: desde los paganos Cicerón, Horacio u Ovidio, hasta la ingente cantidad de libros de Teología o de Ciencia escritos más tarde en toda Europa.

Esas variantes que se apartaban de la lengua escrita, extendidas en el espacio y en el tiempo, son conocidas como “latín vulgar”: por decirlo a lo latino, que parece más fino, sermo vulgaris o sermo rusticus. O sea, la lengua viva, con todas sus variantes y características, frente al “latín culto”: sermo nobilis o sermo urbanus.

Cuando el latín dejó de forma efectiva de ser la lengua de la administración a la caída del Imperio romano, las diferentes formas de latín vulgar fueron liberándose del corsé regulador que suponía la versión culta y fueron progresivamente desarrollando más y más novedades, distintas según los sitios, de manera que desembocaron en formas de habla que mostraban cada vez más acusadas diferencias entre unas y otras, así como menos parecido con su común origen.

En época todavía de unidad política y lingüística del imperio ya existían registros de esas distintas formas de hablar que mencionamos. El más famoso es el conocido como Appendix Probi. Dejando de lado las discusiones de los especialistas acerca de su exacta datación, lo que nos interesa es que se trata de una lista de errores de expresión, concretamente 227, que un gramático llamado Probo recopiló allá por el siglo III, escribiendo la forma que consideraba correcta, la culta, junto a la incorrecta, la vulgar. Por ejemplo: vetulus, non veclus; lancea non lancia; auris non oricla, etc., etc.

Pues bien, junto a esas peculiaridades ya existentes en el mismo latín y que de forma más o menos intensa habían ido pasando -según el lugar, según la época o según los autores- de la lengua hablada a la lengua escrita, también es preciso considerar otras circunstancias que influyen en la progresiva evolución del latín y, por consiguiente, en la formación de las lenguas románicas.

Pero para no resultar demasiado pesado, mejor será que nos detengamos aquí y continuemos otro día. Por ahora se termina la clase.

3 Respuestas a “De lingüística románica (I)

  1. Paco, ya sabes que, como dijo el clásico, donde menos se espera, salta la liebre. Quizá lo que este descendiente de Astérix quiere decir es lo que, más o menos, contaré en las siguientes entregas.
    Que quiere llamar ‘italiano antiguo’ a eso que se imagina él, pues que lo llame. Me viene a la mente -por tratar de precisar los términos- la anécdota que se dice protagonizó el mismo Émile Littré que tan desdeñosamente cita: amante el insigne lexicógrafo del buen uso de las palabras, una vez que fue sorprendido con una criada en la cama por su mujer, esta le dijo: “Oh, monsieur, je suis surprise de vous voir comme ça!”. A lo que, en lugar de responder “no es lo que parece” o “yo no veo a nadie”, don Émile precisó: “No madame, vous étes étonnée; c’est nous qui sommes surpris”.
    Quiero decir, ¿cómo llamar ‘italiano antiguo’ a lo que no puede serlo porque es más antiguo que la propia Italia?

  2. Pingback: De lingüística románica (II) | Blog del Instituto Pedro de Valdivia

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