Breve historia en verso de la poesía española I

Por Jesús Alonso

Jarcha (siglo XI)

Vayse meu corachón de mib
E infirmaron ueyos nidios
¡Tant amare, habib!
¡Pobre moza mozárabe
Ya atrapada en los tópicos
Del amor cortés!

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Gonzalo de Berceo (siglo XIII)

Era el maestro Gonçalvo    de Berceo natural,
gostava del bon vino    e el canto festival;
en un libro dexó    qu’es fuente bien caudal
los milagros de    Nuestra Señora Virginal.

“Monótonas hileras”,    dijo Antonio Machado,
eran aquellos versos    que describen un prado
con árboles y fuentes    y el clima bien templado
que es una alegoría    de un mundo bien creado.

En ese mundo dicho    tenía la Gloriosa
un papel como estrella    y guía poderosa
para los marineros    – no somos otra cosa –
que surcan estos mares    de la vida furiosa.

Así, pues, no es la vida    como el prado gozoso
sino más parecida    al mar tempestüoso
donde se necesitan    oasis de reposo,
y seguir siempre el norte    bajo el cielo nuboso.

Tanto amor a la Madre    que muestra este riojano
resulta sospechoso    pues se le va la mano.
Parece que quería lograr    del pueblo llano
que diese más limosnas    y más fervor mariano.

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Garcilaso (siglo XVI)

El dulce lamen tarde dos pastores;
Salicio juntamente y Nemoroso
se pasaban las tardes desgranando
de sus dueñas desdenes amorosos
que el pobre Garcilaso,
lelo amanuense, atónito imitaba
– como quiere Aristóteles –
poniendo en pulcras silvas sus lamentos
y a los dos pastorcillos en amoeni
loci, tan abundantes aquel tiempo
que los taxonomistas
hemos dado en llamar Renacimiento.

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Don Luis de Góngora y Argote (siglo XVII)

Del severo don Luis la vera efigies
pudo pintar el émulo de Apeles
– si Catón por el ceño,
Catilina en talante, dijo el cojo -.
Al siempre ayuno imita en penas graves
que rodeado de oro, de cristales y perlas
nunca alcanzarlos pudo por tenerlos
a mano de la pluma
nunca pluma en la mano.
No oscuro fue, sí claro, sí ambicioso:
del llano, casi orfebre, castellano
hizo Olimpo de nieve siempre cano.
Él sólo lo subió: quedó allí solo.

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Don Francisco de Quevedo (siglo XVII)

Al contenido fuisteis condenado
y vos y yo sabemos, don Francisco,
que fue juicio sin pruebas. Ni un defecto
de forma se os halló siquiera en sueños,
no se diga en letrillas o en sonetos.
En este siglo veinte de grafemas
podemos escribir “el des – engaño”
ya sin pudor, como a vos gustaría,
y decir que es la muerte, y que la vida
es un engaño de horas venïales:
no la postrera que es mortal pecado,
como vos habéis siempre proclamado.

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Gustavo Adolfo Bécquer (siglo XIX)

Él se sabía un himno de memoria
que era extraño y gigante
y que quería
poner para nosotros en palabras corrientes.
Palabras como arpa
o como golondrina
o como madreselva
o como relámpago.
Pero, ¡ay! que esas palabras
no sonaban como a él le habrían gustado:
inasibles, sonoras, olorosas,
o incluso de colores
aunque Gustavo Adolfo
confundía con frecuencia
la gama del azul con los colores negros.
Al final no hizo el himno; mejor.
Escribió ocho o diez frases
que suenan a verdades
enormes, como templos.

2 Respuestas a “Breve historia en verso de la poesía española I

  1. De hecho, el primer verso de Garcilaso, debería ser:
    El dulce lamen tarde dos pastores.
    Era una oportunidad única para hacer un calambur…

  2. De hecho, metimos la para por andar suponiéndote errores.

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