Breve historia en verso de la poesía española II

Por Jesús Alonso

Rubén Darío (siglo XX)

El maestro Darío se encarama al propíleo
y proclama con voz de león y de fuego
el triunfo del color, la muerte de lo mísero,
el ritmo cadencioso como un salmo o un ruego.
Se reclama francés y español y del mundo
y antes que Guillén nos dice: “Lo profundo
es el aire”. Conmina a exigirle al poema
además de la rima el fuego que no quema.
El Arte es inmortal. El Arte es inmoral;
incluso está en el aire de un poema banal.

XX

Manuel Machado, torero parisién

Él, poeta decadente,
solo en medio de la gente,
borracho, culto, inmoral,
señorito en arrabal
y siempre en alto la frente;
él, poeta de aguardiente,
de la conducta indecente,
practica el vicio letal
de considerar venial
el pecado inteligente.
¡Qué morbo tu poesía!
Siempre el regusto, al final
amargo de la alegría
porque tu verso tenía
la luz de lo que es real.

xxx
Juan Ramón Jiménez (siglo XX)

En ti estás todo, Juan, y sin embargo
nunca eres tú más tú
que cuando, desatado,
te preocupas del huerto
y de su pozo blanco
huérfanos del poeta…
Cuando te pones puro y de cristal,
sin unos ojos duros de azabache
en donde hincar los dientes,
estás algo esquelético.

Poesía pura y dura; y dura más
cuanto menos es pura.
No la toquéis ya más:
así es la cosa.

xxx
Jorge Guillén (siglo XX)

Instante de plenitud.
Los ojos lo saben todo
y lo perciben del modo
más propicio a la quietud.
El optimismo en alud:
Todo. Las doce. El sillón.
Toda la concentración
de la palabra está en ti
y reclama para sí
la cima de la atención.

xxx
Dámaso Alonso (siglo XX)

Tus libros son una ciudad de más de un millón
                                                      de monemas (según los últimos recuentos).
Muchos, indivisibles, angustiosos: alcuza,
tren, nicho, alma, huracán, hombre, silencio, Dios
                                                   puesto así, con mayúsculas.
Hay angustia, quizá, pero no pena;
esa pena de Federico,
esa pena de la pobre mujer con una alcuza,
esa pena del propio río Carlos,
esa pena, justamente esa.
Filológicamente, te citas por tu nombre:
Dámaso, muchas veces. Te muestras a ti mismo, muchas veces,
rezando, orando, en oración con Dios, puesto así, con mayúsculas.
Y pidiéndole cosas imposibles para poder crear
cierta tensión dramática;
se diría, unamuniana.
No sé, no sé, no sé…

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