De lingüística románica (III)

Por Juan Carlos Andrés

Por utilizar una expresión ya conocida, podemos decir que hemos presentado a las diferentes lenguas románicas en su primera “fase embrionaria”. A continuación, vamos a tratar de describir, aunque vertiginosamente, lo que, si ampliamos la metáfora, podemos denominar su “proceso de gestación”.

Esta –a la que también podemos llamar paulatina independización de las variantes latinas- tiene lugar en un periodo desigual y no uniforme que para nuestro propósito vamos a situar entre los siglos V y X aproximadamente, esto es, lo que en Historia se conoce como la Alta Edad Media.

En esos cinco siglos se van consolidando los distintos dominios lingüísticos románicos que van a acabar convirtiéndose, a partir de los siglos XII y siguientes, en lo que hoy, tras muchas vicisitudes, conocemos e identificamos como lenguas románicas.

Claro que considerar la misma lengua a lo que se hablaba entonces en, pongamos, París, Bolonia o Salamanca, y lo que se habla ahora en esos mismos sitios es una licencia cultural que nos atreveremos a emplear con ciertas precauciones.

Veamos el que se tiene por primer texto registrado de una lengua románica y que se identifica con el francés, Les serments de Strasbourg, del s. IX. Comienza así: Pro deo amur et pro christian poblo et nostro commun salvament, d’ist di in avant, in quant deus savir et podir me dunat, si salvarai eo cist meon fradre Karlo et in aiudha et in cadhuna cosa

Lo que en francés moderno expresan así: Pour l’amour de Dieu et pour le peuple chrétien et notre salut commun, à partir d’aujourd’hui, en tant que Dieu me donnera savoir et pouvoir, je secourrai ce mien frère Charles par mon aide et en toute chose…

Aunque el parecido entre la versión original y su equivalente contemporáneo a muchos se le pueda escapar, lo cierto y lo importante es que eso ya no es latín, sino lo que, sin duda, va a ser después identificado como francés.

Con respecto al castellano, lo que se consideran su primeros textos conocidos son las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses (escritas en sendos códices de los monasterios de San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos, sitos en las que hoy son las provincias de la Rioja y Burgos, respectivamente). Se trata de textos que consisten en pequeñas notas escritas en los márgenes de códices que eran libros de oraciones, a manera de “chuleta” para poder entender los textos latinos escritos en ellos, y cuya fecha de datación discuten los eruditos, pero nosotros podemos situar entre finales del s. X y finales del s. XI (Ramón Menéndez Pidal precisaba el año 977, aunque parece fecha demasiado arriesgada).

La más larga de todas ellas es la siguiente, y se encuentra en las Glosas Emilianenses: Cono aiutorio de nuestro dueno dueno Christo, dueno salbatore, qual dueno get ena honore et qual dueno tienet ela mandatione cono patre cono spiritu sancto enos sieculos de lo sieculos. Facanos Deus Omnipotes tal serbitio fere ke denante ela sua face gaudioso segamos. Amen…

Puede que, a primera vista, al profano le parezca una lengua apenas comprensible, pero si este fragmento lo transcribimos en una ortografía más parecida a la actual y más acorde a la fonética, la suya y la nuestra, es probable que la sintamos bastante próxima: “Con l’ayutorio de nuestro dueño don Cristo, dueño salvador, el cual dueño es en l’honor y el cual dueño tiene la mandación con el padre con el Espíritu Santo en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente tal servicio hacer que delante la su faz gozosos seamos. Amén”.

Aproximadamente de la misma época, si es que no son anteriores, podemos considerar a las jarchas. Como todo el mundo recordará, se trata de poemillas o pequeñas canciones tradicionales conservadas por los mozárabes (hispanos cristianos sometidos a los musulmanes en la Península Ibérica, que habitaban las tierras que iban siendo recuperadas a medida que avanzaba la Reconquista) y que poetas  en lengua árabe incluían como colofón de unos poemas cultos llamados moaxajas. He aquí la más conocida de estas cancioncillas: Tanto amare tanto amare / habib tanto amare tanto amare / enfermeron olios nidios / e dolen tan male. En la cual todas las palabras, salvo habib, son romances y resultan más o menos identificables.

Pues bien, diez o doce siglos después de que el latín empezara a saltar sus iniciales límites del Lacio, y partiendo de una variedad relativamente uniforme, aun en sus versiones del sermo vulgaris y del sermo urbanus, se ha venido a dar a en una Romania en la que muchos romances (entiéndanse ‘hablas románicas o neolatinas’) se suceden en el espacio y se van a ir continuando y armonizando en el tiempo.

Tal situación había de ser una especie de continuum fonicum, que extendiéndose desde la Península Ibérica saltaría los Pirineos ocupando la vieja Galia (Francia y la Valonia belga), la costa mediterránea y los Alpes contiguos, para prolongarse por la Península Itálica y las grandes islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia. Y, además de por la costa dalmática, ocupar también un buen trozo de la Europa oriental junto a los Cárpatos y al mar Negro.

En aquellos tiempos, cuando las formas de hablar aún no habían alcanzado el estatus de lengua –entiéndase ‘lengua de cultura’-, un hablante neolatino podría desplazarse desde un extremo al otro de la Romania sin percibir fronteras lingüísticas; antes al contrario, con lo que en realidad se encontraría es con progresivas y poco perceptibles variaciones que no le resultarían fáciles de precisar, y que muy probablemente le permitieran una más que suficiente intercomunicación.

Imaginándonos en semejante entorno lingüístico, perfectamente podremos ahora entender al personaje Salvatore de la famosísima novela de Umberto Eco ambientada en la Europa del siglo XIV, El nombre de la rosa, cuando apareciendo de improviso sorprende a otros personajes, y al lector, gritando: Penitenziagite! Vide quando draco venturus est a rodegarla l’anima tua! La mortz est super nos! Prega che vene lo papa santo a liberarnos a malo de todas la peccata! Ah, ah, ve piase ista nigromanzia de Domini Nostri Iesu Christi! Et anco jois m’es dols e plazer m’es dolors… Cave el diabolo! Semper m’aguaita in qualche canto per adentarme le cargagna. Ma Salvatore non est insipiens! Bonum monasterium et aquí se magna et se priega dominum nostrum. Et el resto valet un  figo seco. Et amen. No?

Transcribo literalmente el texto que aparece en el original italiano, Il nome della rosa, tal como la concibió su autor; creo que no hacía falta cambiar nada en la edición española. Compárese: ¡Penitenciágite! ¡Vide cuando draco venturus est a rodegarla el alma tuya! ¡La mortz est super nos! ¡Ruega que vinga lo papa santo a liberar nos a malo de tutte las peccata! ¡Ah, ah, vos pladse ista nigromancia de Domini Nostri Iesu Christi! Et mesmo jois m’es dols y placer m’es dolors… ¡Cave il diablo! Semper m’aguaita en algún canto para adentarme las tobillas. ¡Pero Salvatore nos est insipiens! Bonum monasterium, et qui si magna et si ruega dominum nostrum. Et il resto valet un figo secco. Et amen. ¿No?

Una forma de hablar que, no siendo igual a ninguna otra, era todas ellas al mismo tiempo; lo cual, desde el punto de vista que nos interesa, es más apropiada descripción que la del mismísimo personaje-narrador Adso de Melk, cuando dice que comprendí que Salvatore hablaba todas las lenguas y ninguna.

Aquí nos detenemos y quedamos a la espera de la próxima entrega.

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