De lingüística románica (y V)

Por Juan Carlos Andrés

El antiguo latín, en su variante vulgar –sermo vulgaris o sermo rusticus– tuvo una primera derivación en el sardo, hablado en la isla de Cerdeña, cuya característica principal es la de ser una lengua muy conservadora, lo que en términos lingüísticos hemos de entender que ‘se diferencia poco del origen’. Y en este caso esas escasas diferencias se notan especialmente en el apartado fonológico. Más concretamente en su sistema vocálico, en el cual se opera una reducción del latino original más sencilla que en el resto de las lenguas, variantes y dialectos románicos (quizá hablemos de los sistemas vocálicos latinos y románicos en otra ocasión). De las variantes dialectales existentes en Cerdeña, podemos considerar al nuorés y al logudorés como las propiamente sardas, mientras que las variantes del sur, el campidanés, y las variantes del norte, el sasarés y el galurés, tienen más lazos de unión con los dialectos italianos y, por tanto, si hablamos atinadamente, deberemos incluirlas en la rama lingüística latina oriental que describiremos a continuación.

Como apuntábamos en las primeras entregas, hay dos robustas ramas que partieron del tronco central latino: las lenguas orientales y las occidentales. Recuérdese lo que decíamos del sustrato celta, por ejemplo.

Por continuar con la alegoría del tronco y las ramas, de la oriental podemos destacar tres brotes distintos con los siguientes resultados: el dalmático, el rumano y el italiano.

El dalmático murió con su último hablante registrado en 1898 y, que tras convivir siglos como lengua de sustrato y adstrato con otras, fue finalmente absorbida por lo que llegarían a ser lenguas o variantes principalmente eslavas.

Vivos todavía de esa rama oriental tenemos al rumano y al italiano. Quizá pueda sorprender a alguien poco habituado a estas cuestiones que en país tan alejado y distante del Mediterráneo se mantenga una modalidad lingüística tan familiar, pero es así.

La Língüística Románica tradicional emplea el término dacorrumano para incluir en él a todas las variantes dialectales rumanas que se encuentran junto al idioma de cultura o rumano propiamente dicho. Entre las variantes existentes en el dominio dacorrumano, podemos mencionar al macedo-rumano (también conocido como arumano o arrumano) hablado por distintos grupos étnicos en la antigua república yugoslava de Macedonia y otros países del sureste europeo.

El otro gran brote oriental es el italiano, que se habla, en Italia y parte de Suiza. Contra lo que pueda suponer la mayoría de la gente, tenemos que considerar al italiano no como el descendiente más legítimo y directo de la antigua lengua latina, sino, todo lo contrario: la más joven de las lenguas románicas. Al menos en su faceta de lengua de cultura o idioma italiano, al menos en el sentido que atribuíamos a idioma en la entrega anterior: por eso, entre otras cosas, su ortografía en tan regular y sistemática.

La Península Itálica es, aún hoy día, como una pintura de mosaico gigantesca en que distintas piezas, que representan las distintas variantes vernáculas, se integran dándose paso unas a otras y conformando el idioma italiano. Podemos llegar a afirmar que casi todos los italianos son diglósicos: hablan su lengua en dos variantes: la común a todos, y la de su dialecto.

El hecho de que hayamos incluido al italiano entre las lenguas de la rama oriental se debe fundamentalmente a que el dialecto que desde el Renacimiento se tiene como cuna del moderno italiano es el toscano, que como la gran mayoría pertenecen a esa rama, pero en el norte también hay dialectos que los romanistas incluyen en la rama latina occidental.

Siguiendo a Heinrich Lausberg y por no traer a colación clasificaciones más precisas y prolijas, como, por ejemplo, la de Carlo Tagliavini, estos son los grandes dialectos italianos, de los cuales también se pueden señalar múltiples subdialectos:

De la rama occidental: el lombardo, el piamontés, el emiliano-romañolo, por una parte, y por otra el veneciano y el istrio (y, quizá, debamos añadir aquí por nuestra cuenta el friulés).

De la rama oriental: el toscano, que incluye al corso, los dialectos de las regiones de Umbría, Lazio, Abruzzos, Campania, Apulia y Lucania, que tengo dificultades para nombrarlos en español, el calabrés y el siciliano (también aquí creo que deberíamos distinguir e incluir al napolitano).

Entrando ya de lleno en las lenguas pertenecientes a la rama latina occidental, hemos de citar para que no se olviden, como ocurre con frecuencia, al romanche, lengua hablada en Suiza y vecina de los dialectos italianos alpinos. Tiene consideración de lengua oficial en Suiza, como el francés, el italiano y el alemán, pero lo cierto es que es hablada por un número de personas que, según parece, puede superar los 30.000 pero que muy difícilmente superará los 50.000. A su vez, está fragmentada en dialectos, con uno de los cuales se confunde a veces en su denominación: ladino (¡ojo! No confundir con el judeo-español, al que a veces también se nombra de esta manera).

Siguiendo en la enumeración de lenguas de este a oeste, llegamos a Francia, y ahí hay que nombrar, claro está, al francés. El idioma francés todo el mundo lo conoce y lo identifica, y podemos decir que el francés moderno, el francés actual, es un idioma en su primigenio sentido tal como, según vimos, definía Fernando Lázaro Carreter: Término que alterna con el de lengua, referido a las lenguas nacionales modernas: idioma portugués, inglés, polaco, etc. (…).

Sin embargo, el francés actual (incluyendo junto al moderno a sus precedentes históricos directos) no han sido siempre la única variante extendida por toda la geografía francesa.

Para aclarar posibles dudas, es conveniente precisar que en lo que conocemos como el mapa geopolítico continental de la Francia contemporánea (y podríamos incluir también a La Valonia belga, donde se habla francés, conocido como ‘valón’, el cual es uno de los dos idiomas importantes y oficiales de Bélgica: el otro es el neerlandés -holandés, para los menos exigentes-, al que se conoce como ‘flamenco’), ese mapa de Francia, digo, incluye territorios en los que existen, además del francés, otras lenguas minoritarias o regionales: el vasco (de origen problemático), el bretón (de origen celta) o el alsaciano (que podemos definir como una variante dialectal del alemán).

Decíamos que el francés, tal como lo conocemos, no ha sido la única variante practicada en Francia. Para abreviar y simplificar, podemos decir que el francés proviene del dialecto antiguo de París, conocido como dialecto de la Île de France que, junto con otras muchas y variadas formas dialectales, formaba parte de lo que los antiguos denominaban como langue d’oil y que eran las formas de hablar que se practicaban en, más o menos, la parte septentrional de Francia.

Como formas opuestas de francés, se encontraban los dialectos conocidos como langue d’oc, predominantemente en la zona meridional y, sobre todo, en la parte suroriental.

Estas denominaciones corresponden a las respectivas formas adoptadas por el adverbio de afirmación ‘sí’: oil, en una zona; oc, en la otra. Ni que decir tiene que el moderno oui procede de la primera.

Este verdadero collage lingüístico pervivió en Francia, en mayor o menor medida, hasta la caída del antiguo régimen con la revolución francesa: en la Edad Moderna el francés era el idioma oficial de cultura y de los cultos e ilustrados, pero el pueblo tenía y usaba sus propias variedades dialectales, conocidas entonces y ahora en los estudios lingüísticos como patois (léase patuá).

A partir de la revolución francesa se operó una auténtica homogeneización lingüística a través de la escuela pública, naturalmente haciendo uso exclusivo del idioma francés oficial, de manera que se puede asegurar que  las muchísimas variantes existentes fueron casi literalmente barridas.

De entre los numerosos patois asociados a la langue d’oc, la lengua o variante que los romanistas suelen identificar como la más representativa es el provenzal. Seguramente ello se debe a que fue lengua literaria predominante en buena parte de Europa en la Edad Media; recuérdese a los trovadores provenzales de los siglos XIII y XIV. También se la conoce de una forma más genérica como occitano.

Dentro de estas variantes dialectales occitánicas, podemos destacar al auvernés (de Auvergne), el limusín y el gascón. Quizá este último es el que, en alguna de sus variedades, pervive con más ahínco, especialmente en la forma del aranés, hablado en el valle de Arán, provincia de Lérida y que en el estatuto de Cataluña tiene carácter de lengua oficial.

Y desde los Pirineos, donde el aranés pervive, pasamos a la Península Ibérica y, para no extendernos más, porque lo sabremos todos muy bien, diremos que nos encontramos con los siguientes idiomas latinos: español al que muchos llaman castellano, y esos muchos no son precisamente los lingüistas, pero para no perdernos en disquisiciones inútiles admitamos cualquiera de las dos denominaciones; catalán, portugués y gallego.

Empecemos por los dos últimos: portugués y gallego forman la familia galaico-portuguesa, que dejó de ser una familia unida cuando el portugués se emancipó definitivamente en el siglo XVII. Por explicarlo de forma elemental y un poco a lo bruto, digamos que a partir de entonces el portugués se fue moldeando a sí mismo principalmente a partir de la variante lisboeta, y el gallego se quedó consigo mismo y cada vez más dependiente e influido por la lengua española o castellana.

El catalán, por su parte, es y ha sido lengua de profuso uso literario y, tras los avatares de la Reconquista, podemos decir que su dominio se asienta en Cataluña, en las islas Baleares, en  una parte, no en la totalidad, de lo que constitucionalmente se denomina Comunidad Valenciana, y como zona de sustrato lingüístico por lo menos en la comarca de La Litera (Llitera en catalán) de la provincia de Huesca.

Los catalanes más recalcitrantes incluyen en el dominio lingüístico catalán a la ciudad de Alguer en Cerdeña. Puede que algo quede. Probablemente de manera semejante a lo que se dice del español que, además de en España e Hispanoamérica, se habla en Filipinas.

No nos detendremos, por innecesario, en la lengua castellana o española, pero, y con esto finalizamos, sí mencionaremos lo que don Emilio Alarcos Llorach llamaba, en el buen sentido y con absoluta propiedad filológica, ‘dos abortos lingüísticos’: el asturleonés y las fablas aragonesas.

Ambas formas lingüísticas presentaban características lingüísticas que, de haberse consolidado en su momento, podrían haber llegado a constituirse en lenguas de cultura. Se han quedado, como tantos y tantos dialectos, en eso mismo. Empezaron a gestarse, pero no llegaron a nacer como tales lenguas. A los restos que aún perviven de esos dominios lingüísticos suele denominárseles dialectos históricos.

Desde el punto de vista lingüístico son dialectos y nada más. Ahora bien, desde otras perspectivas (folclórica, contracultural, de campanario, etc.) hay quien las toma por lenguas, incluso por idiomas.

Pero debatir eso no es cuestión de esta serie de artículos que aquí terminan. Laus Deo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *