La Fraternidad de la Cueva

Por Jesús Alonso

Los experimentos literarios del Bachiller Alonso
(novelas con principio y final pero sin la aburrida parte del medio) presentan:

La Fraternidad de la Cueva

Capítulo I

Nada se movía en la celda del hermano Daniel. La escasa luz del amanecer que se filtraba por las rendijas del ventanuco, apenas iluminaba el bulto del camastro donde, desde hacía nueve años, el hermano Daniel dormía las pocas horas que le dejaban sus rezos canónicos.

Hacía ya rato que la campana había anunciado Prima y los pocos hermanos que aún se mantenían en el pequeño convento de San Bruno se hallaban reunidos en la poco iluminada capilla. El rezo, que en otras comunidades de regla más relajada no hubiera sido de  obligada asistencia, no había comenzado. El hermano Thomas había advertido quedamente al abad de la ausencia de Daniel. Resultaba extraño. El hermano Daniel no era de los que llegaban tarde al rezo ni de los que invocaban – la carne es débil – alguna dolencia para quedarse un rato más en la austera comodidad de la celda.

Era, además, el hermano más joven de la congregación. Apenas cuarenta años, como sabía la única persona que tenía derecho a saberlo.

En la celda seguía la inmovilidad. Ni siquiera el curioso ratón, que todas las mañanas le disputaba al hermano Daniel unas migajas de la escasa  ración de pan que recibía, había asomado sus bigotes por la ratonera de la pared que daba a poniente.

Al poco tiempo, unos golpes muy débiles sonaron en la puerta de la celda y, fuera,  la voz del abad sonó sin matices:

– Hermano Daniel…

Nadie contestó.

La puerta se abrió con un chirrido antiguo y el abad entró en la pequeña estancia y se acercó al cuerpo apenas tapado por una manta raída. El abad repitió la llamada en un tono más alto y perentorio:

– ¡Hermano Daniel!

Pero el hermano continuó sin moverse.

El abad puso la mano en el hombro del encamado y agitó suavemente el cuerpo; después, al ver que no causaba ningún efecto en el dormido, separó la manta y pudo ver el rostro macilento y cianótico del indudablemente muerto hermano Daniel.

Hacía ya más de 25 años que el abad había dejado atrás el mundo, pero, pese a ello, no vaciló en reconocer la prenda que ceñía el cuello del fraile y que, sin duda, le había causado la muerte.

El abad, el padre Albert, había sido un afamado abogado penalista cuando abrazó la regla de San Benito ante el estupor de un foro que no podía explicarse por qué un hombre en la cumbre del éxito se había retirado a una cartuja para vivir aislado del mundo el resto de su vida.

Sus instintos como penalista, no obstante, no habían desaparecido a pesar del tiempo transcurrido. Su mente jurídica comenzó a preguntarse cómo era posible que el hermano Daniel hubiera muerto estrangulado por una media de nailon de color naranja en el interior de un convento donde, con absoluta seguridad, esa prenda era imposible que estuviese…

[…]

Capítulo XLIII

El juez Tart estaba sentado en la cafetería del Hotel Ritz leyendo distraídamente un periódico. Un observador atento se habría dado cuento de que había mirado maquinalmente su reloj tres veces en los últimos dos minutos.

Su cita con el agente de la CIA se retrasaba.

Por fin, 12 minutos después de la hora marcada, el agente al que el juez conocía como Edgar Chamorro entró en el bar y, sin vacilar, se dirigió a la mesa del juez al tiempo que se quitaba las gafas de sol.

– Disculpe el retraso. Un asunto de última hora…

– No se preocupe. No he esperado demasiado…¿Quiere tomar algo?

– No, gracias. – El agente depositó las gafas en el bolsillo exterior de la americana y, con ello, dio la señal para que el operativo se pusiese en marcha.- ¿Le importa si vamos al grano?

– No, por cierto. Es lo que quiero, justamente…

– Se preguntará qué hacemos aquí…pues bien, quiero hablarle de tres de los sumarios que está instruyendo…

– ¿Tres sumarios?

– Sí. El del fraile asesinado en el convento, el del empresario valenciano decapitado y la prostituta de lujo que encontraron en una puerta del Madison Square Garden…

– No comprendo…

– No es necesario. He venido a decirle que esos sumarios deben cerrarse en falso.

El juez Tart se levantó como un resorte y le espetó:

– Esta conversación acaba en este momento.

El agente Chamorro le miró sin expresión y le dijo:

– Siéntese.

– No pienso ni por un segundo…

– Siéntese. – Y, al tiempo, le tendió un teléfono en el que parecía haber una llamada en curso…

El juez cogió el teléfono y, con precaución, dijo:

– ¿Sí…?

En el teléfono sonó la voz de su mujer.

– ¡George! ¿Qué pasa, George? Aquí hay unos individuos que…

El agente Chamorro le arrebató el teléfono y le dijo:

– Es suficiente. Siéntese y hablemos. le explicaré, aunque no tengo por qué hacerlo, por qué deben cerrarse esos sumarios…

El agente se inclinó hacia delante, juntó las yemas de los dedos y continuó:

– …Todo empezó cuando uno de nuestros agentes decidió abandonar el cuerpo y meterse a cartujo…

En una suite del piso superior del hotel, el Hermano Mayor de la Hermandad de la Cueva escuchaba atentamente las explicaciones que estaba dando el agente conocido como Edgar Chamorro, aunque no lo necesitaba.

Las había escrito él mismo.


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