Un viaggio in italia

Por Jesús Alonso

Lunes, 18 de junio de 2012, 00:00 hh, a las puertas de la Piscina Municipal

Doscientos padres, madres, cuñados, sobrinos, hermanos…Tardamos más de media hora en sentar(nos)se…

Todos los alumnos traen, por término medio, 20 kg más de lo que necesitan: somos 70 alumnos y cuatro profesores: Elena, María, Paco y yo mismo. 74, pues.

Los profes nos cogemos unos asientos que tienen en medio de ellos una mesa: necesitas una superficie para cuentas, verificaciones y demás papeleos. Gracias a la mesa puedo empezar este diario de viaje.

Nos esperan 11 horas hasta Barcelona, donde embarcaremos.

La aventura es la aventura…

A la 1:25, entre Trujillo y Navalmoral de la Mata el autobús se para: un fallo en el motor. Estamos en medio de ninguna parte. Nos tememos que, antes de poder continuar el viaje, pasen, al menos, dos horas.

No hemos empezado bien, pero el ánimo está alto.

Un par de horas más tarde  aparecen dos autobuses (55 y 27 plazas) para sustituir al lujoso, aunque inútil, que nos llevaba. Los conductores, Miguel y Toni, resultarán ser excelentes compañeros de viaje.

Tras una odisea de 14 horas y pico llegamos a Barcelona. Al Maremágnum. Comemos en un Pans & Company y esperamos subir las Ramblas a eso de las 16:30. Uno de los bocadillos ofrecidos en los carteles se llama “Extremeny” que contiene, naturalmente, lomo.

Passejant per Barcelona… (Paseando por Barcelona)

Una extraña sensación la de ser turista en la ciudad donde he vivido tantos años.

Subimos por las Ramblas hasta Plaça de Catalunya. Allí damos tiempo libre a los chicos sugiriéndoles – como haremos nosotros – que visiten el Barri Gòtic y los alrededores de la plaza.

Nosotros, los profes, nos tomamos un café en el Zurich (el café con más solera de las Ramblas, al lado de Canaletes) y nos damos una vuelta estupenda por el Gòtic. Hace un tiempo fresquito y nos lo pasamos muy bien. Después visitamos el Mercat de la Boqueria, que tiene fama de ser el mejor del mundo y quizás lo sea.

Nos encontramos en el punto de encuentro: la estatua de Colón.

Singladura (que es la distancia recorrida por una nave en 24 h.)

A las 21:30 emprendemos la marcha hacia el puerto y – tras varias vicisitudes menores – un “Signal Man”, que resulta ser una woman, nos dirige al embarque.

La nave, de las líneas Grimaldi, resulta ser pequeña dentro de lo que cabe.

Los camarotes son cómodos: lo primero que hago y que hacemos todos es ducharnos, ya que llevamos casi 24 horas con la misma ropa.

Cenamos lo que mis compañeros han comprado en un Carrefour Market y el barco zarpa… Como estamos cansadísimos nos vamos a la discoteca. A la una y media Paco y yo nos retiramos. Las chicas, más duras, se quedan un rato más con la chavalería.

Al día siguiente me entero de que Elena y María han aguantado hasta las tres y media…

Amanezco a las 11:30 y pasamos un día estupendo no haciendo absolutamente nada. Las dos horas finales de la travesía la pasamos en un karaoke. Varios alumnos y yo mismo destruimos unas cuantas canciones. Yo, incluso (¡perdón, Franco!) me atrevo con Centro di gravita’ permanente…

Algunos alumnos juran haber visto delfines mientras destrozábamos con entusiasmo la labor de varios compositores.

Finalmente, a eso de las 19:30 llegamos al puerto de Livorno. Tenemos que esperar hasta que los autobuses salgan de la barriga del Leviatán y compruebo sin sorpresa que no tengo activado el roaming en mi teléfono. Tras solo tres llamadas, consigo que lo pongan en funcionamiento un par de horas más tarde.

PISA, la de la torre.

Llegamos a la muy interesante catedral de Pisa con su torre con la que todo el personal compite para ver quién se hace la foto más original o gilipollas, según se mire.

Los buitres revolotean en busca de turistas huérfanos, pero a esas horas éramos ya muy pocos y conseguimos sobrevivir a los miles de pakistanís que intentan vendernos auténticos Rolex falsos, gafas RayBen y otras maravillas de manufactura oriental.

Montecattini aka Lloret de Mar.

Llegamos al hotel Augustus que está en la calle Manzini, el de Los novios, ese ladrillo incombustible.

Empezamos el largo proceso de convertir los grupos formados para los camarotes (de 4 y 2 personas) en grupos de 2, 3 y 4. Finalmente, logrado el objetivo, subimos a las habitaciones a dejar las maletas y bajamos al comedor.

Sorprendentemente, nos ponen macarrones con tomate y pollo (creo) asado.

A las 3:30, digamos, nos acostamos por fin, aunque el volumen de conversación villanovense (7 puntos por encima de la media europea) hace que esa noche no sea muy tranquila. Pero los chicos solo hablan y su comportamiento es estupendo. Dicho sea en honor a la verdad (y será así el resto del viaje, añado en esta redacción posterior).

Duermo unas cuatro horas y pico.

Florencia

Es el día de Firenze: el Duomo, el Ponte Vecchio, la Piazza de la Repubblica…

Anduvimos durante varias horas dando vueltas por la ciudad, pero no (me) resultó un día particularmente cansado, a pesar de mi lamentable estado de forma.

Los profes comimos en un restaurante en temporada de caza del turista y nos clavan, por ejemplo, 5 € del ala por una mísera birra. Al menos las pizzas (que nuestros chicos pronuncian “pisas”) no están demasiado mal.

Poco antes de volver al hotel visitamos un mercadillo que tiene la extravagante curiosidad de tener tres puestos repetidos cien veces cada uno alternándose para dar la impresión de que son diferentes.

Después de cuatro millas hasta llegar a la orilla del Arno donde nos esperan los autobuses, subimos al mirador donde está la réplica en bronce del David. Nos hacemos las fotos japonesas habituales y volvemos al hotel.

Por increíble que pueda parecer, esa noche nos dieron macarrones para cenar (esta vez, blancos; o sea, a la carbonara anémica) y, de segundo, una carne indefinible que bien pudiera haber sido de tapir o cerdo rumano.

Salimos por la noche a dar un paseo y verificamos experimentalmente lo difícil que es hacer algo que le venga bien a 70 personas. Recuérdese que no somos alemanes.

Se les dan a los chicos las opciones de ir a un pub, discoteca, parque … o venirse con nosotros. Varios de ellos lo hacen y acabamos el paseo sentados en una terraza contando chistes, especialidad en la que  Elena destacó sobremanera.

Al volver al hotel nos encontramos un grupo de escolares  californianos a la puerta. Uno de ellos estaba tocando lo que llamó una “travel guitar”, que yo no había visto nunca antes: era de pequeño tamaño y podía ser amplificada. El problema para mí era su poco peso, por lo que no pude tocarla a gusto. De todos modos, es una idea estupenda, esa de la guitarra de viaje. Estuvimos tocando y cantando rock sureño (Cottonfields), californiano (Hotel California) y alguna que otra cosa antigua y nos lo pasamos muy bien.

Todas las autovías conducen a Roma. Pasando por San Grimignano y Siena, eso sí.

San Grimignano (pronúnciese “san grimiñano”) es un pueblo, por lo que se ve, famoso por sus helados; pero a mí, lo que realmente me gustó, es la estatua que está en el tejado de una torre: me pareció un Monumento al Suicida. Pasamos en el pueblo un rato y reanudamos el viaje a Siena, antesala de Roma.

Siena, como en los estuches de acuarelas.

Siena tiene unos pedazos de cuestas que casi me cuestan la vida. Y escaleras.

La entrada – una puerta que cruza una muralla – nos introduce en un pueblo viejo, que no antiguo: las casas son mayoritariamente de ladrillo, lo que le da un aire entre aragonés y lombardo. Hasta no haber avanzado un buen trecho no se ve que es una ciudad grande y que tiene casas de color siena, ese que viene en todas las acuarelas y que es epónimo de la ciudad.

Es, por lo dicho, una ciudad algo decepcionante hasta que uno llega a la plaza donde se corre la carrera del palio: es colosal y la altura de la torre cuadrangular del Comune (Ayuntamiento), abrasadora, como se decía en El Wendigo, aquel cuento de Algernon Blackwood que leímos en Los mitos de Cthulhu.

Los profes comemos en una trattoria la habitual pizza y la no menos habitual ensalada.

A las 4:30 salimos hacia Roma, peligro – como se verá – para caminantes.

Roma

El Hotel Noto, que supongo que se refiere a lo que en nuestra lengua decimos Notos, el viento del norte, tiene unas habitaciones que podríamos llamar minúsculas: en algunas, las maletas llenan completamente – y no es una hipérbole – el espacio sobrante entre las camas. Los chicos están enfadados y mañana haremos las gestiones oportunas para que nos las cambien por otras (más) habitables.

Las cenas se consumen en un restaurante cercano al hotel y, cuando estamos sentándonos, un aplauso estruendoso a mi espalda anuncia la llegada de Chelo.

La sorpresa es monumental: ha tenido las santas narices de coger un avión y venir a vernos.

Cenamos (¡nunca lo imaginaríais!) macarrones con tomate y carne de facocero o de gacela de Harris o de, incluso, pavo.

Después volvemos al hotel a ducharnos y darnos después una vuelta por la Fontana di Trevi.

Hay, a pesar de ser las doce de la noche, unas mil personas y un pelotón de carabineros atribulados cuya única función aparente es impedir que alguna turista le dé por hacer de Anita Ekberg.

Como ya no la conocen, les cuento a algunos alumnos La dolce vita y les animo a verla. Además de la escena de marras (la del baño en la fuente), en esa película aparece por primera vez la palabra inventada “paparazzi”, o sea, el plural de “paparazzo”, que tampoco existe (existía, debiera decir).

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=GKN1T3K1idg]

Volvemos al hotel deshaciendo las seis millas de la ida, pero el paseo resulta estimulante y divertido.

Nos acostamos y me quedo dormido unos milisegundos antes de apoyar la cabeza en la almohada.

El Vaticano y sus museos

Tras el desayuno, cogemos el metro (Roma tiene solo dos líneas, al módico precio de 1.50€ el billete) para llegar al Vaticano para ver los museos y visitar la basílica, pero el hombre propone y el calor, como se verá, dispone.

Los museos vaticanos tienen unos fondos extraordinarios y son, con diferencia, los mejor cuidados que he visto en Italia.

Después de un leve percance con la imposibilidad de que entremos con mochilas – según una nueva normativa que desconocíamos – entramos y, de repente y durante casi tres horas estoy completamente solo, aislado del grupo. Apenas entreveo a distancia a algún alumno, así es que dispongo de tiempo para mí solo y disfrutar con algunas de las maravillas que contienen esos museos (que se llaman en plural porque son el resultado de varias colecciones donadas por próceres. Normalmente, Pontífices Máximos).

Me paro ante el Apoxiomenos (una copia romana de un original del escultor griego Lisipo, que representa a un atleta limpiándose los restos de aceite con que se cubrían el cuerpo), el Laocoonte, el torso Belvedere…

Ahora bien, no me impresiona la Capilla Sixtina.

Hace tiempo que vengo expresando la idea de que a la pintura italiana del Renacimiento y, en especial, a Michelangelo Buonarroti, le falta un hervor: la sombra, el claroscuro que le dio a la pintura el siglo XVII. Vistos desde el suelo (y también de cerca, según las fotos) las escenas de la Capilla tienen mucho de estampa ingenua, con sus colores pastel y sus composiciones tan estudiadas y falsas. Bonitas, incluso.

Tras notar la sensación tan familiar de imposibilidad de absorber más arte, salgo y me encuentro con Chelo. Me compro en un quiosco-trampa un aqua frizzante (¡2€!) y la bebo sin respirar.

En teoría, después tocaría ver la Basílica de San Pedro, pero el tremendo calor y la cola asiática (por populosa) nos disuaden de intentar la entrada.

Al pasar por una de las callejuelas nos atrapa un restaurante para turistas. El trato de los camareros  – talludos y con callos en la amabilidad – es, directamente, delictivo.

De nuevo en la Piazza, una nube furiosa de pakistanís – digamos – nos ataca con todo tipo de objetos comprables: rosas, bolsos, láseres, pitos repugnantes…

Una policía (rubia, delgada, dómina) los espanta cada par de minutos, pero acaban volviendo. Se conoce que más cornás da el hambre.

Los que no se libran de la formidable carabinera son un par de macedonios que se han atrevido a entrar en la plaza con su coche: algo absolutamente prohibido a los vehículos privados.

Asisto a un interesante intento de seducción con deslumbrantes sonrisas macedonias y, después, de soborno (un billete de 50 € entre los papeles del coche), pero no cuela: tienen que apoquinar 300 € del ala.

Es curioso señalar que, al irse, los macedonios no sonreían en absoluto.

La odisea de ver a España (La Roja, vamos…)

Hoy juega España contra Francia los cuartos de final de la Eurocopa, pero no hay manera de encontrar un local que permita a 60 personas (más o menos los que queremos verlo) y decidimos buscarnos la vida en grupos pequeños. Finalmente, unos chicos (¡benditos sean!) encuentran un kebap (sic) donde no solo vemos el partido unos 12 o 13 de nosotros, sino que además me dejan fumar. Lo sé. Es increíble, pero es verdad.

El dueño, un egipcio con cara de egipcio, me devuelve la confianza en el género humano en su lucha contra la injusticia y el orden.

Después de la victoria, el ruido habitual en las habitaciones, los cambios de ubicación, etc. preceden a una noche maravillosa: mañana no hay que madrugar y duermo como un bendito.

Panorámica dominical con Albertina.

Tras el desayuno, vamos al Coliseo (Colosseum, de hecho) y recogemos allí a una anciana encantadora y guapísima que se llama Albertina: será nuestra guía de una visita en autobús por la Roma antigua.

En el otro autobús hace lo propio su hija, Alessia, que está – es de justicia decirlo – para tirar cohetes. Como es italiana, la acompaña su novio, lo que me parece justificado dadas las circunstancias.

El Quirinale, el Aventino…

Me acuerdo entonces – creedme: soy así – de aquel soneto de Quevedo ( que es, a su vez, una versión de otro de Du Bellay) que acaba diciendo:

¡Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

Lo fugitivo es el Tíber, el Tevere…

Tras acabar el paseo volvemos al Coliseo y visitamos su interior: viniendo, como vengo, de Augusta Emerita y habiendo paseado muchas veces las ruinas de Itálica, el Coliseo me impresiona lo justo. El tamaño, sí, claro está.

Resulta difícil de creer que en siglo I, se juntaran 50 o 70.000 personas para ver a nubios y germanos tratando de cortarse la cabeza o a leones devorando cristianos. No dudo de que, dada la necesaria distancia que me da el relativismo (confieso) debían ser unos espectáculos muy reconfortantes y aleccionadores.

A medio día comemos cerca del anfiteatro en un restaurante con televisor en la puerta donde pudimos ver la carrera de Fórmula1. Ganó Alonso aunque salió el undécimo de la parrilla.

Comí un risotto que estaba un poco peor del que hago yo (con funghi porcini, por cierto).

Chelo y yo nos vamos a nuestros respectivos hoteles: ella a dormir, yo a relevar a Elena, que tiene fiebre y la hemos dejado acostada.

Por la noche hemos decidido ir a una discoteca (Dream) que nos han encarecido tanto el propio dueño del antro cuanto el conserje del hotel, que es, obviamente, su compinche.

Lo mejor es la música: el fulano que la pincha (como se dice) tiene el don de conocer el momento adecuado para poner la canción (o lo que sea eso que suena) oportuna. Incluso acertó con Paquito el Chocolatero.

Todo el mundo, creo, se lo pasó muy bien.

Durante la sesión, un tipo con barba primero y una negra guapísima después me hacen proposiciones, pero resisto sus ataques como corresponde a un señor de mi edad y condición.

Un resumen un tanto simplificador de Roma es que hemos andado mucho. Quiero decir mucho. Y eso que me he saltado en estas notas unas cuantas visitas…

Barco y beso al suelo patrio.

Finalmente, toca volver. Montamos en los autobuses no sin los problemas habituales (“¿Dónde está Fulanito?”, “¿Alguien ha visto mi neceser…?”) y llegamos al puerto de Civitavecchia. Hacemos las colas pertinentes, embarcamos y salimos hacia Barcelona.

La travesía resulta estupenda: nos hacemos fotos, nos tomamos, por fin, una cerveza tranquilos, charlamos con los chicos, nos reímos…

Ha sido un viaje estupendo gracias, especialmente, a los alumnos cuya conducta ha sido ejemplar; y lo escribo sin un ápice de ironía.

Cuando llegamos al puerto de Barcelona intento besar -como es mi costumbre cuando paso algún tiempo fuera de España – el suelo patrio, pero resulta estar sucísimo y desisto de ello.

Once horitas en autobús y llegamos a Villanueva que se me hace nueva, pues tal efecto tiene en el viajero pasar unos días fuera de su casa.

3 Respuestas a “Un viaggio in italia

  1. Me encanta tu diario, y la mejor parte donde redactas el estupendo menú que comimos aquellos días.

  2. Ha sido, cómo decirlo…divertido y a la vez sentimental, lo digo por la parte que me toca de recuerdo del viaje del curso pasado. Os puedo asegurar que el menú erá calcado. Estos italianos no saben comer otra cosa que pasta, con salsa de diferentes colores, y carne de dudosa procedencia. Muchas gracias Jesús, ha sido un regalo en forma de recuerdos. Besos a todos y nos vemos por Villanueva un día de estos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *