Sachsenhausen

Por Francisco Blázquez

Prisioneros entrando en Sachsenhausen (entre 1936-1944). Fuente. German Federal Archives.

Hace varios meses tuve la oportunidad de visitar un antiguo campo de concentración alemán convertido actualmente en un centro de interpretación y museo para el recuerdo de las víctimas. Tal vez alguien lo considere una morbosa atracción turística, sin embargo, se trata de una experiencia muy diferente que nos adentra en el lado más siniestro del ser humano y ayuda a entender lo que ocurrió en pleno corazón de Europa hace tan solo tres cuartos de siglo.

Sachsenhausen se construyó en verano de 1936, muy cerca de la ciudad de Oranienburg, a 35 kms al norte de Berlín, convirtiéndose en el campo de concentración más cercano a la capital del Tercer Reich. No solo eso, el jefe de la SS y uno de los principales responsables del exterminio, Heinrich Himmler, lo consideraba un campo modelo e ideal para su expansión.

Una delgada línea hacia el exterminio

Los historiadores suelen distinguir entre campos de concentración y campos de exterminio, estos últimos, como Auschwitz-Birkenau, Sobibor o Treblinka, fueron concebidos para el asesinato en masa y en ellos las cámaras de gas mataban a cientos o miles de personas diariamente y los crematorios funcionaban continuamente. En Auschwitz, las estimaciones más bajas de asesinados llegan al millón de personas.

Recuento de prisioneros bajo la vigilancia de una ametralladora. Fuente: German Federal Archives.

Sachsenhausen no llegó a esas cifras, se utilizó en un principio para recluir a los opositores políticos al nazismo y como campo de trabajo, sin embargo, en los años siguientes el número de perseguidos fue aumentando tanto por su condición étnica (judíos, gitanos), sexual (homosexuales) o religiosa (por ejemplo, testigos de Jehová). La llegada de millares de prisioneros de guerra, las condiciones de vida, los trabajos forzados, los experimentos médicos y la adopción de la “solución final” llevaron entre 1936 y 1945 a la muerte a 30.000 personas, incluyendo los entre 11.000 y 13.000 prisioneros capturados en el frente ruso que fueron fusilados. Muy probablemente la cifra de muertos fue mucho mayor. Si atendemos a la espeluznante declaración durante los juicios de Berlín de Anton Kaindl, uno de los comandantes del campo, el número de muertos llegó a 50.000. De hecho, entre 1942 y 1943, se instaló en Sachsenhausen la llamada estación Z, una zona para las ejecuciones, una pequeña cámara de gas y varios hornos crematorios.

Esclavitud

Muchos de los presos de Sachsenhausen fueron mano de obra esclava para numerosas industrias y fábricas del entorno que producían armamento o ladrillos para las faraónicas obras que Hitler tenía previstas. Uno de los trabajos forzados tenía como misión probar las botas del ejército alemán, para ello un grupo de presos caminaba durante todo el día unos 40 kilómetros sobre distintos materiales dentro del campo: arena, roca, grava… También, en las instalaciones de Sachsenhausen se llevó a cabo la famosa operación Berhnhard que buscaba la falsificación de enormes cantidades de libras esterlinas para provocar el colapso económico de Gran Bretaña. Esta historia fue llevada al cine en la película Los falsificadores (Ruzowitzky, 2007), aunque la realidad fue mucho más cruda.

El espacio de la muerte

Vista de la entrada desde la plaza del recuento de prisioneros.

Cuando los presos atravesaban la puerta para entrar en el campo podían leer el lema del campo en la verja: Arbeit macht frei (“el trabajo os hace libres”), que figuró en la puerta de varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz, muy probablemente porque el comandante que lo mandó rotular, Rudolf Höss, había trabajado en Sachsenhausen. Tras la verja se extendía un enorme triángulo, casi equilátero, equivalente a unos 25 campos de fútbol, y ese triángulo era parte de un complejo mucho mayor donde había un centenar de subcampos. A pesar de la perplejidad que produce al viajero la enorme extensión, Sachenhausen no era, en absoluto, un campo grande. Auschwitz era un complejo de 40 km2 y el número de campos y subcampos distribuidos por toda Europa fueron centenares (algunas fuentes hablan de varios millares).

Planificación

Toda esa enorme cantidad de espacio y recursos exigió una cuidadosa planificación. Sachsenhausen muestra perfectamente este hecho: su forma triangular, las torres de vigilancia equidistantes, la puerta principal con una ametralladora, la distribución de los barracones, las alambradas… No solo eso, a sus inmediaciones se trasladó la inspección general de todos campos de la Alemania nazi: toda la maquinaria administrativa y burocrática que durante la Segunda Guerra Mundial decidió los traslados, la tortura y la muerte de millones de personas.

Los libertadores rusos y el campo especial nº 7

Monumento soviético conmemorando la liberación de Sachsenhausen. En el pedestal, abajo a la derecha, se puede observar la alusión a España.

En los primeros meses de 1945, debido a la proximidad de las tropas aliadas, los mandos alemanes decidieron la evacuación progresiva del campo, lo que aceleró el asesinato de los que no estaban en condiciones de partir. Los demás sufrieron las llamadas marchas de la muerte en las que también murieron centenares o miles de personas (según las fuentes) de cansancio, frío, inanición o disparos de los guardias de la SS. Tras unos días, los guardias huyeron y los prisioneros, ya libres, pudieron encontrarse con las tropas aliadas.

El 22 de abril de 1945 soldados rusos y polacos liberaron el campo de concentración de Sachsenhausen, todavía quedaban unas 3.000 personas y varios centenares murieron en los días siguientes por debilidad y enfermedades. No pasó mucho tiempo antes de que los soviéticos vieran que aquel lugar podía ser perfecto para internar a sus propios presos, que iban desde oficiales alemanes de graduación media, opositores al régimen de Stalin hasta innumerables personas detenidas de forma arbitraria. Ahora no hubo cámara de gas ni fusilamientos masivos pero en los cinco años que duró el “campo especial nº 7” (así se le llamaba), murieron de hambre y enfermedades unas 12.000 personas de las 60.000 que estuvieron allí confinadas. Tras la caída del muro se descubrieron las fosas comunes donde estaban sus restos, en esta zona se erigen hoy un museo y otros monumentos.

Sachsenhausen y España

Una delegación española visita Sachsenhausen, en el centro Himmler.

Existen varias conexiones entre Sachsenhausen y España, allí estuvieron recluidos varios centenares de españoles, entre ellos Largo Caballero (véase el artículo de La Vanguardia), y de la presencia española hay constancia en el monumento realizado por los soviéticos en el propio campo.

También hubo otra conexión muy distinta, en el Yad Vashem Photo Archive se encuentra una fotografía fechada en 1940 de una visita a Sachsenhausen de falangistas españoles acompañando a Himmler. Muy probablemente se trate de la misión negociadora que envió Franco a Alemania en septiembre de aquel año.

Desconozco si las siguientes preguntas tienen respuesta: ¿Por qué visitaron el campo? ¿Fue una decisión de Himmler que estaba orgulloso de Sachsenhausen? ¿o fue una idea de la delegación que buscaba ideas para organizar sus propios campos en la posguerra franquista?

Referencias:

http://www.stiftung-bg.de/gums/en/
http://www.holocaustresearchproject.org/othercamps/sachsenhausen.html
http://www.scrapbookpages.com/sachsenhausen/Contents.html
http://www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/Holocaust/Sach.html
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Una respuesta a “Sachsenhausen

  1. ¡Qué casualidad! Hace un par de meses yo también visité un campo de concentración. Fue el de Dachau, cerca de Múnich.
    Ya el año pasado estuve a punto de visitar Auschwitz-Birkenau, próximo a la ciudad polaca de Cracovia, pero por circunstancias ajenas a mi voluntad no pude hacerlo.
    Lo cierto es que me he propuesto el firme propósito de visitar Auschwitz tan pronto como me sea posible, y tú entenderás muy bien que no se trata de un morboso deseo, sino que mi intención responde, más bien, a una especie de necesidad de homenaje a tantos millones de seres humanos atrozmente torturados y exterminados: más que homenaje, reverencia, me atrevo a decir.
    En Dachau, como a buen seguro en Sachsenhausen, el visitante columbra el verdadero miedo pánico: un espacio inmenso, donde el silencio de la muerte, que se apodera de todo, solo se intuye en una sensación de frío y de vacío.

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