Natural: bueno; artificial: malo. O viceversa.

Por Francisco Blázquez

Los seres humanos tenemos serios problemas para digerir la complejidad del mundo. Si la realidad es analógica, nosotros somos claramente digitales: uno o cero, blanco o negro. Uno de los ejemplos de esta simpleza que nos caracteriza es la idea tan extendida de que todo que procede de la naturaleza es bueno o inocuo y aquello que ha sido creado o manipulado por el hombre es nocivo para nuestra salud o el mundo.

Es probable que esta suerte de maniqueísmo proceda de una época en la que la naturaleza se consideraba una obra divina y las intervenciones humanas eran un desafío al creador o a los dioses. El mito de Prometeo, en su versión antigua o moderna (Frankenstein), son claros ejemplos. Hay otro posible origen más exótico que se suma al anterior: la idea de que los seres humanos vivimos en paz y armonía con la naturaleza y nuestra intervención en ella rompe este equilibrio, y esto vale para sustancias y fenómenos. Pero lo bueno y lo malo (para nosotros) no depende de su origen.

Tal vez no hayamos reparado en que muchas sustancias naturales son peligrosas o letales. Dejaremos de lado a hongos y plantas e iremos al reino animal, las bellas ranitas del género Dendrobates (inferiores a 6 cm) que habitan en la selva amazónica poseen toxinas en su piel que son utilizadas por los indígenas para embadurnar sus flechas y conseguir que las presas caigan de los árboles. En el viejo continente, las mambas negras (por ej. Dendroaspis polylepis), son menos hermosas que las ranitas amazónicas pero igualmente naturales, poseen un veneno que nos llevarían a la tumba en pocos minutos. Igual de natural es la toxina de la bacteria Clostridium botulinum (toxina botulínica) que en la generosa cantidad de un gramo (1 gramo, 1) es capaz de provocar la muerte de varios millares de ratones (he disminuido el número que figura en numerosas fuentes para no parecer exagerado). Y para cerrar los ejemplos, diremos que la toxina del pez globo japonés o fugu (tetradotoxina) es mil veces más letal que el cianuro, este pez es un manjar cuando expertos cocineros (repito: expertos) le extraen sus vísceras. Pero si el cocinero era un manazas será la última vez que comamos en un restaurante japonés, de hecho será nuestra última comida.

Pero en la naturaleza nada es absoluto. Los venenos pueden ser beneficiosos. No nos referimos al bótox, la toxina botulínica genocida de ratones, que es capaz de reducir las arrugas. Hace varios meses, un trabajo en Nature indicaba que el veneno de la letal mamba tiene propiedades que podrían ser la base para un nuevo grupo de analgésicos con menos efectos secundarios. Un buen resumen del potencial terapéutico de los venenos puede encontrarse en National Geographic de este mes (febrero, 2013), en él se afirma que hay más de 20 millones de toxinas que esperan ser analizadas. De hecho algunas de ellas ya llevan como fármacos unas cuantas décadas entre nosotros, como los inhibidores ECA usados contra la hipertensión y aislados del veneno de la jararaca o víbora lanceolada brasileña. En algunos casos estas sustancias se usan en la misma forma que existen en la naturaleza pero en otros las toxinas que componen los venenos son modificadas químicamente para mejorar sus resultados farmacológicos.

Naturalmente, la bondad de las sustancias naturales utilizadas como fármacos tampoco es absoluta, como ya sentenció el paradójico Paracelso: “Todo es veneno, nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno”. No pondremos ejemplos para no extendernos, pero esto puede aplicarse hasta para el agua (hiperhidratación).

En muchas ocasiones, nuestro juicio sobre la maldad/bondad de las sustancias es directamente proporcional a nuestra ignorancia. Es el caso del “peligrosísimo” antioxidante E-330. Si Vd. así lo cree es mejor que no consuma naranjas ni limones debido a su alto contenido en esta sustancia (también llamada ácido cítrico). Pensándolo bien, es mejor que también deje de respirar porque sus células lo producen constantemente durante la respiración celular. La mala prensa que rodea a los conservantes no está justificada, su acción antimicrobiana evita infecciones alimentarias, algunas de ellas mortales como la ya mencionada del botulismo. Naturalmente, de esto no se deriva la idea de que todos los aditivos sean necesarios y beneficiosos.

Aunque algunos antibióticos son sintetizados químicamente (sulfamidas), muchos son sustancias naturales producidas por mohos para defenderse de las bacterias. Si estas últimas estuvieran dotadas de pensamiento, no tendrían ningún reparo en llamarlos venenos. Otros antibióticos son semisintéticos y proceden de la modificación química de una sustancia natural.

Esto último ya deja claro que ni siquiera la diferencia entre natural y artificial es tan sencilla. La denostada ingeniería genética tampoco es un proceso tan artificial como pudiera pensarse, consiste básicamente en transferir un fragmento de natural ADN (un gen) de un organismo a otro. Este último puede formar ahora una nueva proteína (obviamente natural) y adquiere nuevas características. Esto se ha dado en la naturaleza a lo largo de la evolución en numerosas ocasiones (se llama transferencia genética horizontal) y de forma burda, con combinaciones de miles de genes, lo llamamos hibridación, cuando se cruzan dos variedades de plantas distintas.

Demonizar nuestra intervención en la naturaleza no tiene mucho sentido. Incluso es muy probable que nosotros mismos seamos el fruto de ella. Suena extraño ¿verdad? Es solo una hipótesis, pero fascinante. Saltaremos el 90% de la historia. El desarrollo de un órgano tan exigente energéticamente como el cerebro solo fue posible disminuyendo el consumo de energía de otros órganos o sistemas como el intestino (Aiello y Wheeler, 1995). Según el primatólogo Richard Wrangham los humanos estamos biológicamente adaptados a dietas cocinadas y existen signos de que esto comenzó con el Homo erectus, hace 1.8 m.a. Este antepasado aumentó un 42% su capacidad craneal respecto de su antecesor, el Homo habilis. Dejando de lado la importancia del fuego en multitud de aspectos, diremos que el cocinado de los alimentos es en realidad una predigestión que mejoró el aporte de nutrientes y favoreció la encefalización. En otras palabras: pudimos crearnos a nosotros mismos por medio del fuego.

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