La naturaleza no es sabia, aunque lo parece.

Por Francisco Blázquez

Hace unos días leí los siguientes titulares de la misma noticia en varias webs: “Los árboles piden ayuda a las aves cuando son atacados por insectos”, “Los árboles envían señales de auxilio a las aves cuando los insectos les atacan” y “Los árboles piden ayuda a los pájaros cuando son atacados por plagas”.

Al margen de la reflexión que provocan sobre cómo se divulga la ciencia, este tipo de titulares alimenta una concepción infantil y primitiva de los seres vivos y de la naturaleza.

No serán pocos los lectores que habrán concluido que los árboles tienen voluntad e inteligencia al solicitar la ayuda de las aves, y no es extraño que algunos hayan ido más allá proclamando que la naturaleza es sabia o que alguna entidad ha diseñado los seres y unos sofisticados mecanismos de cooperación.

Lamento defraudar: los árboles no tienen ni voluntad, ni inteligencia, y la naturaleza, en contra del dicho popular, tampoco es sabia.

Carbonero común. Fuente: Wikipedia.

El trabajo original en el que se basaron las noticias fue realizado por investigadores de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA-CSIC) y del Centro de Ecología Terrestre (NIOO) de los Paises Bajos y se publicó en la revista científica Ecology Letters con el título “Birds exploit herbivore-induced plant volatiles to locate herbivorous prey” (Las aves aprovechan sustancias volátiles de las plantas -inducidas por herbívoros- para localizar presas herbívoras). En realidad, estos investigadores, han hallado que los carboneros comunes (Parus major) visitaban primero y con más frecuencia aquellos árboles infectados por orugas de mariposas que aquellos que no lo estaban y ello no se debía a un estímulo visual sino a señales químicas de los árboles infectados.

Este hecho ya ha sido observado entre árboles y artrópodos pero es la primera vez que se describe entre árboles y aves. Se denomina defensa indirecta y es un tipo de mutualismo, es decir, de una asociación entre dos especies para beneficio mutuo.

Hace ya más de siglo y medio que tenemos explicaciones de un hecho como el descrito sin atender a la sabiduría de la naturaleza, de las especies o a inteligencias creadoras.

Durante la meiosis se produce una distribución azarosa de los cromosomas y una recombinación entre ellos produciendo gran diversidad genética en los gametos. Fuente Wikipedia.

Formar una sustancia atractiva para los pájaros que comen orugas aumenta la probabilidad de supervivencia y dota de una mayor eficacia reproductiva a aquellos árboles que poseen esta capacidad. Se han descrito varios millares de sustancias químicas (aminoácidos, piretrinas, alcaloides…) emitidas por las plantas para defenderse directamente de los ataques de los artrópodos, muchos de ellos insectos o larvas de ellos. No es extraño que algunos árboles formaran sustancias que, aunque no eran tóxicas para los insectos, atraían a las aves que los eliminaban, en definitiva se trataba de una defensa indirecta con la misma consecuencia: la eliminación de los fitófagos.

Por otra parte, ser un ave capaz de percibir una sustancia que lleva a una fuente de alimento supone otra ventaja que aumenta su probabilidad de supervivencia y reproducción.

La pregunta que puede formularse el lector es relativa a cómo surgieron en un principio las facultades de formar las sustancias volátiles en los árboles y de percibirlas en las aves. También tenemos la respuesta hace ya más de un siglo y medio pero los mecanismos profundos no se conocieron hasta bien entrado el siglo XX: la variabilidad de las poblaciones.

En realidad, no hay dos seres iguales en la naturaleza a menos que procedan del mismo cigoto. Así pues, todos los seres de una misma especie presentan pequeñas diferencias cuyo origen ya ha quedado claro que son mutaciones azarosas, pero además durante la formación de los gametos (las células sexuales) se producen unos ordenamientos genéticos azarosos (recombinación genética) que hace que no haya dos gametos genéticamente iguales. Los seres resultantes de la unión de los gametos son, por tanto, siempre diferentes; esto es lo que denominamos variabilidad y, en definitiva, es la materia prima sobre la que actúa la selección natural.

La sabiduría de la naturaleza no es otra cosa que una inmensa capacidad de generar variabilidad en los seres vivos y la selección a lo largo de millones de años de estos seres en infinidad de situaciones determina también infinidad de soluciones. No es extraño que nos parezcan asombrosas.

Las visiones animistas de la naturaleza tienen cabida en pueblos primitivos, en el mundo de Harry Potter o en nuestra infancia pero no en seres adultos del mundo civilizado del siglo XXI. Muchas personas ven normal que hayamos enviado robots a Marte (a más de cincuenta millones de kilómetros) que circulan por su superficie enviando fotos y resultados de pruebas y, sin embargo, en las cuestiones relativas al origen de los seres vivos o sus adaptaciones abrazan explicaciones infantiles.

Sería de agradecer que los periodistas que divulgan ciencia cuidaran mucho más los titulares, pues están propagando un pensamiento pseudocientífico.

2 Respuestas a “La naturaleza no es sabia, aunque lo parece.

  1. ‘Harry Potter’ y ‘Juego de Tronos’ son mundos fascinantes pero, curiosamente, carentes de ciencia.

  2. No solo la naturaleza no es sabia, sino que, a veces, es decididamente tonta: nos dota del apéndice que virtualmente solo sirve para matarnos y nos hace respirar y comer a través del mismo agujero, lo que causa unas cuantas muertes al año…
    Por supuesto, la naturaleza no es tonta ni sabia: es solo el resultado de la adaptación y de que nada en ella es la cúspide de un proceso evolutivo.

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