Romance que dice: Va una hueste abigarrada

Por Pedro Segador

A mis muy queridos amigos
Antonio y ManuelSuárez

Va una hueste abigarrada
por sorprendidos atajos;
los de a caballo, potrosos;
los de a pie, despotricando;
con voz de coz, el auriga
de un anacrónico carro:
“A engordar pompas nos llevan
con diez años de retraso.
Uf, si de aquesto supiera
Aquel de garrote y palio”.

De noche adivinan lobos;
al alba empadronan grajos;
en la insolación cotejan
espatarrados lagartos;
y al crepúsculo subrayan
“ciervos son mal maridados”.
¡Manda huevos, se demoran
en remedos darwinianos!
Hasta esculcan el subsuelo,
como arúspices los hígados,
y exhuman cráneos casposos,
de magín neandertaliano:
la charnega filogenia
de Mas y Pujol, acaso.
(Brilla en la hueste una punta
de arsuaguillas doctorandos
que Wert echó con su espada
del festín de los becarios).

Vadean, al nono día,
un guadiánico remanso
y enfilan, fantasmagóricos,
a Los Lares de Gallardo.
Por el olivar umbrío
-ya oníricos de cansancio-
les huyen, sucios de cobre,
verdiluneros rumanos,
mientras los guardias civiles
beben limoncitos agrios…
¡So, Pedro, so, que fusilas
el Romancero gitano!

Sitos donde Hernán Cortés
compró el tractor a Fajardo,
espabilan con las rimas
de un neón publicitario:
“Aquí casó un concejal
a una gallina y un gallo.
¿Qué pasa?, ¿tienen más pluma
dos que salen del armario?
Aquí un núbil patatal
fecundó un buen hortelano.
Con los frutos de sus vientres
y dos primorosas manos
se inventó aquí la tortilla.
Entre a probarla el cristiano”.
(He quitado “y la cristiana”:
no le casa al octosílabo).

Dos quisquillosos guindillas,
por allí ordenando el tráfico,
le hacen soplar al auriga
el ominoso artefacto.
“Jo -les suelta, en un resuello-,
no tenéis remedio, machos;
vengo alumbrado de Ciencia,
y me sospecháis borracho”.
Saca del torvo artilugio
sus doce puntos intactos
y con ronchones de injuria
sus dos mellizos colgajos.
“Vime haciendo el paseíllo
-piensa, pasado el mal trago-,
que ni Infante soy de España,
ay, ni siquiera bastardo”.

Ya unos niños y sus ayas,
con cascarria en los zapatos,
les aplauden desde ¿un parque?
No, mejor desde un amago
(nunca allí con Blancanieves
van los sietecito enanos,
pues si al escondite juegan
los encuentra de inmediato).

Frente al trapo en el que ondea
la bienvenida al palacio,
los derrotes del auriga
no precisan diccionario:
“¿Qué pinta un welcome aquí?
¿Es que, pues tardamos tanto,
nos dais por Tercios que vuelven
de guerrear con Estuardos?
¿O es que creéis que os traemos
la limosna del Mulato,
y la Lolita Sevilla
nos cantará “Americanos…”?
Hostias, aquello es un guinkgo;
qué metafórico hallazgo:
a una supina tardanza,
¡un arbolito jurásico!”

Ábrenles férrea cancela
tras dar la seña y el santo,
y les habla, lisonjero,
el muñidor de los fastos:
“Qué bizarras las figuras.
Qué ideal el vestuario.
Qué lujosos los arreos.
Qué graciosos los penachos.
Si parece que vinierais
a posar para el Tiziano.
Lástima no os convocaran
a esta Gloria más temprano.
Yo, gustoso, os retratara,
aunque en menos veneciano,
que mi paleta es más sobria
y mi pincel más abstracto.
Vanguardia, mucha vanguardia
a este precoz centenario
y un cronista que le bruña
las dos fechas para el mármol…”
En esto, a un espolique
que, ávido, chupa un cigarro
un altavoz le sentencia
¡treinta furias con el látigo!
El auriga, que se funde
media paga en los estancos,
dice al mártir:”Fumar mata,
no me hiciste puto caso”;
y al orador: “Me da tos
el humo del ditirambo.
Huyo a probar la tortilla
y, si bien le va, otro plato;
igual esos cerebritos
ya han patentado el gazpacho”.

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